Por Joseph K.
El
humilde paro vivido en nuestra sede levantó
algunas
claridades que nos acercaron al origen de nuestros problemas. La
SECDEM (Secretaría
de Democratización)
fue precisa al evidenciar un tópico
que arma el rompecabezas de muchas particularidades infinitamente
cuestionadas en nuestra Facultad (y sobretodo en nuestra sede): la
cultura propia de un conservatorio en una universidad pública.
Y aquí nos
metemos en un tete más
o menos importante, ¿se
contraponen estas dos figuras (conservatorio/universidad)? ¿En
qué medida
esto significa un problema? ¿No
pueden simplemente coexistir? Para saldar algunas de estas
apreciaciones nos acercaremos a las definiciones y disputas de estos
conceptos.
Es
cierto que los conservatorios no nacen originalmente para “conservar”
la
tradición
musical (sino que para refugiar niños
huérfanos
y desamparados en Italia, siglo XVI), sin embargo, esta nueva
significación
nos ayuda a comprender mejor la tensión
actual. En el espacio de noticias de la página
web de la U. de Chile, Nicolás
Emilfork (egresado de interpretación)
en su artículo
“¿Formando
al Músico
del Siglo XXI?”
nos
aclara que los conservatorios europeos poseen un sentido
absolutamente técnico
y especializado de la educación
musical, lo que la diferenciaría
de una educación
más
integral que incluya conocimientos relacionados con las humanidades o
las ciencias. Pero entonces, ¿la
divergencia entre una universidad y un conservatorio tiene relación
al énfasis
(técnico
o integral)? No nos apresuremos. Estos aspectos nos aclaran que una
institución
musical puede tener diversas directrices y contenidos, y que por lo
tanto, alguien decide cuales son y hacia donde se dirige el bote,
pero ¿quién
es ese alguien? En el conservatorio, las
políticas
institucionales están
supeditadas a una
oligarquía
de maestros con más
experiencia (como el consejo de ancianos). Además,
el sentido del conservatorio no opera simplemente a través
de contenidos específicos,
sino que también
desde una concepción
ideológica
de educación:
los conocimientos de la tradición
musical son depositados a alumnos y la relación
pedagógica
es individualizada y limitada a la experiencia personal del maestro.
Sin embargo, esta estructura ideológica-educativa
es posible vislumbrarla en universidades actuales, entonces ¿por
qué habría
de existir una tensión
al combinar ambos sistemas? Revisemos la otra parte.
Al
otro lado del ring tenemos a la universidad pública
en una situación
muy compleja, imposible de resolver con definiciones teóricas,
y que por lo tanto requiere un enfoque amplio y contextualizado. La
parte importante que contrasta el conservatorio con la universidad,
tiene relación
con una cuestión
política,
y es que esta última
es una institución
pública.
No es necesario divagar en posibles definiciones de este concepto,
el contexto ya nos entregó
suficientes
referentes connotados con distintos puntos de vista al respecto.
La
reforma educacional provocó
el
alzamiento progresivo de todos aquellos que podrían
salir beneficiados o perjudicados luego de su aplicación.
Ya van inconmensurables entrevistas, artículos
y debates de rectores, ministros y dirigentes estudiantiles, luchando
por tener la palabra decisiva para determinar el futuro de la
reforma. En este debate se ha abierto una interrogante que nos
ayudará a
tener una definición
más
contextualizada de lo anteriormente comentado, y ésta
es: ¿Qué
universidades
son públicas?
Las principales tesis son dos: primero, la que nos dice que todas las
universidades pueden ser públicas
en cuanto generen bienes públicos,
y Carlos Peña,
rector de la Universidad Diego Portales lo deja bastante claro con su
postura: “No
existe, como es obvio, ninguna vinculación
necesaria entre esta dimensión
de lo público
y las universidades estatales. Todas las universidades pueden, en
principio, producir esos bienes y aspirar al financiamiento estatal
en la proporción
en que lo hagan.”
(Lo
público
y las universidades, www.elmercurio.com/blogs);
y por otro lado tenemos una contraparte diciendo que la universidad
pública
es una lógica
y un espacio al servicio del país:
“Aunque
una institución
privada intente aportar al espacio público
e incluso aunque lo haga sin otro interés
que el aporte al colectivo, todo el proceso nace en una perspectiva
que va desde un momento privado hacia la creación
de un bien público”
(Alberto
Mayol, “Brunner,
Peña,
Bachelet: la educación
y la transmutación
de lo público”,
El Mostrador). La segunda tesis parece hacer más
sentido cuando Ignacio Sánchez,
rector de la PUC, señala
con respecto a la implementación
del aborto terapéutico:
“No
lo vamos a aplicar. Antes de las leyes están
las convicciones más
profundas (…)”.
Y claro está,
prevalecen los intereses comandados por aquel momento privado antes
que las políticas
públicas.
Con este respaldo se puede afirmar que el espacio público
es aquel lugar que en lo momentos previos a las decisiones y las
acciones, están
los intereses y las necesidades de las mayorías.
Volvamos
a la preocupación
inicial: el conservatorio, estando en un espacio público,
¿responde
a los intereses de las mayorías?
Si conservar la tradición
musical no es una necesidad colectiva, ¿qué
pasaría
con el fundamento del conservatorio? ¿Puede
este fundamento sobrevivir en condiciones democráticas?
Bajo esta tensión
veo dos posibilidades para el futuro del conservatorio: asumir su
fundamento como interés
privado y salir de la U. de Chile, o comenzar una apertura y
replanteamiento de éste
con el propósito
de hacerse público:
Arte
desde todos, para todos.

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